Cuentos y Literatura

LA REGLA DE 24 PULGADAS

Quienes indagaron vestigios de La Torre Votiva oyeron hablar de Metodio Dhäzar. Después de siglos de agitación no se disipan las sospechas acerca de su muerte. Acaso la locura primero frustró sus descubrimientos, y después le guió desde la sima de sus obsesiones hasta lo más alto de La Torre. No murió ahorcado, aunque se arrojara con una soga al cuello. Quizá erró la altura, y topó con la tierra. Doce años antes, el derrumbe de uno de sus pórticos le baldó el pie derecho.

Fue él quien escribió: Somos la medida de todas las cosas, pues, a nadie más interesa medirlas. Aquí se hará una reseña de su vida, no sin rellenar los espacios ignotos.

Metodio Dhäzar era el sublime arquitecto del Reino. El arco iris contemplaba sus templos bruñidos por el sol, mientras la lluvia enhebraba destellos que rompían sobre los jardines en ónices, turmalinas y ágatas, rindiendo culto a un rigor formal que parecía el antecedente de la creación. Pero, Metodio tampoco careció de la humildad precisa, y ya en su Primer Diario compuso esta migraña, de vacilante humor: Un muro medianero emancipa al mundo de mi ceguera afable. De su espesor sospecho síntomas, que si cavilo me duele la cabeza.

Vivió Metodio hace milenios de milenios, en ese fragmento de la Edad Clásica que abolió el dominio de múltiples tiranos, e instauró el Reino del Gran Padre Conciliador. En aquellos tiempos      – después se supo que no tan ilustrados –    cundió la semilla de nuestra fe, y se encomendó al Arquitecto un inventario y medición de lo esencial de la existencia, incluida la Torre Votiva, cuyo nombre quizá apelase a cierta ofrenda al caos originario, o tal vez refrendara la promesa de no erigir más Torres. Se desconocía el artífice de Votiva, algún motivo de su emplazamiento o siquiera algún referente inspirador. Enhiesta, la Torre velaba la ecuación de su existencia. Se decía que jamás pudo ser pernoctada, y que nunca se volvió a tener noticia de quien la frecuentase, devoto o eremita. La Torre se alzaba sobre una roca sitiada por ciénagas interminables, emisarias del mar y de sus corrupciones. A muchos tiranos preocupó su ruinosa decadencia, su milenario desafío a la ley gravitatoria.

Metodio Dhäzar había dedicado largos años al estudio de las ciudades, a relacionar ensortijados espacios y sentimientos humanos. Contempló minúsculas plazas terminales, ante un callejón como única salida. En muchos soportales sentose sobre escalones cubiertos de musgo, aguardando que escampase. Paseaba por barrios sinuosos, cuando el silencio se deja oír por el susurro del agua. Sintió el vértigo de la canícula en explanadas desiertas. Conoció la ciudad de los mil pozos. Vaciló ante ciudades viscerales, cuyas cuevas emergían del vólvulo, de los retorcimientos de la tierra. Pero, nada se le pareció jamás a la Torre Votiva, sin escaleras visibles, vacía, gobernada en su interior por las heridas de la penumbra, las trampas del plenilunio o la oscuridad plena. Pese al interés que siempre despertó, nunca sus dimensiones pudieron ser elucidadas. Descomponían su rostro un incierto número de huecos y tragaluces irregulares, algo velados por el desgaste de la piedra oscura. Si un imprudente se adentrara en La Torre, le acecharía un vacío más concreto que una lágrima.

Un día el poeta Simónides le convenció para que visitara al Santo Padre Hierón. Transcribió Metodio parte del encuentro, aunque no fue memorable.

–       ¿Querrías, oh Hierón, explicarme aquello que es natural que yo conozca y tu ignores?

–       Tú mejor que yo lo sabes, mi Arquitecto.

–       Sé que os preocupa la Torre, Gran Señor. Su secreto es su ruina.

–       Pero deseo reconstruirla, Metodio.

–       Imposible, Mi Señor, desconocemos sus dimensiones y menos aún cómo se hizo.

–       Tuya es la frase, Metodio: “Tan pronto como edifican una torre, los hombres disputan la cima”. Pero, no habrá ya motivo de contienda. La construiremos como Votiva, desde el principio vieja y quebrantada. Una réplica exacta de su senectud. Así me parecerá propicia para guardar nuestros secretos. Y mostró el Tirano a Metodio un listón de madera.

–       Parece una regla, Mi Señor. Hierón se la entregó sin dejar de mirarla.

–       Cuanto antes revelarás el significado de este hallazgo, y con él se proveerá la réplica de La Torre.

Alguien la descubrió bajo un pútrido nicho. En el envoltorio, como parte de un discurso, así rezaba:

“…se me usará para medir las obras

¡Ay de quien no descifre mis medidas!”.

 

Indagó Metodio el significado de La Regla, sin negar las polisemias y paradojas que colman el verbo “medir”. Tampoco olvidó a los himenópteros constructores de guaridas sin norma alguna que los rija. No obvió que nosotros carecemos del rigor de las hormigas y la inspiración de las abejas. No ignoró, en suma, nuestra adicción a las reglas. Para reprimir, para mensurar, para absolver, limitar o encadenar, sin ellas ni el nacimiento ni la muerte o el propio vestido y sus múltiples máscaras podrían concebirse. Nadie sabe del primero que esgrimió medidas cuando alzó un muro o fijó un hito ¿Acaso la dimensión y sus fragmentos son de origen Divino? Diríase, más bien, que los trajo Luzbel, pues, pocos asuntos tanto enconan y dispersan, concluyó el Sabio.

El examen del utensilio le absorbió. Era una Regla de 24 fragmentos sin referencia conocida. Las unidades coincidieron con el ancho de un pulgar de Metodio, de ahí que finalmente las llamase “pulgadas”. Cada 12 pulgadas medían el largo de un pie, del pie derecho de Metodio. La tablilla, con grabados de Torres entre picaduras de carcoma, arrugaba las cicatrices del tiempo. Quizá las larvas convinieron un límite, evitando que la regla desapareciese.

Pronto fascinó a Metodio La Regla de 24 Pulgadas, su condensada mesura del rigor de La Torre. Como se temía, aquel desmerecido hogar de la carcoma ocultaba enigmas de cualquier magnitud. Evidenció secretos cautivos en el número 24, múltiplo de otros emisarios, del 4, del 2, del 6, del 8, del 12, la suma de sus dígitos retraída en el 6, sus tránsitos sin fin, la aceptación de cada día, el umbral y el término cada 24 horas, las dos caras semejantes de todos los contrarios, la Inteligencia que asimila, nutriente, creadora, la concebida benevolencia que tolera, que fecunda a quien la penetra, la muerte y su vida, la vida y su muerte, la armonía, la Crucifixión del recién llegado, la otra orilla de Estigia, todas las cosas, su ritmo de bongo que va y viene, la gestación de la crisálida, la Iniciación del engendro, del ego seboso hacia la Santa Paz del Padre; cada uno especula entre dos espejos contrarios y, tras nosotros, enfrente, la réplica infinita de alguien que se ríe. Quizá el opositor pulgar equivalga al doble de otros dedos, anotó Metodio, y el alma contase con 12, ya que fueron 12 discípulos, 12 meses tiene el año, y 12 horas ponen fin al día y la noche, ya que en sus dígitos subyace la unidad y el conflicto, el 1 y el 2, El Ser y nosotros, cuya trisagia suma permite al Hacedor reproducirse. Averiguó complicidades entre Textos Sagrados, entre la Epístola a los Judíos, Capítulo 12, versículo 24, que designó al Sumo Sacerdote Perfecto,  como “Mediador del Nuevo Pacto”; y el Liber Numerorum, Capítulo 6, versículo 4, que impuso abstinencia al Nazareno, “ni comerás ni beberás  del fruto de la vid”, para que germine el alma originaria y padezca en la unidad, en la displicencia del Ser, punzando así el ralo Mandamiento del Deuteronomio, capítulo 6, versículo 4, “Jehová, nuestro Dios, Jehová, uno es”.

Inspirándose en La Regla, defendió El Sabio un sistema duodecimal, más en confluencia con la medianoche, con las misteriosas inyectivas de la luna llena, generó complicadísimas constantes de integración, se extravió por los rincones de la geometría, trazó la exactitud de la impropiedad matemática, calculó el cuadrático espíritu del círculo, la suma universal de los errores, los contornos del cero. Desveló la cuaternidad y sus misterios, la plenitud que se erige en el número 4, en el círculo de La Torre que generaba 4 lados perfectos, el principio ordenador compensatorio, 4 versiones de todas las cosas, los 4 elementos, las 4 estaciones, las 4 reglas esenciales del cómputo, los 4 palos de la baraja del azar, los 4 evangelistas, el hombre frente a la Trinidad, Kolorbas y Bárbelo, la señal de la cruz y la cruz de la espada, la muerte y su guadaña, Gabriel, Uriel, Miguel y Rafael, Dios en 4 o todos en 4, las 4 extremidades, los 4 puntos cardinales, la simiente inabarcable de las dualidades dobles, cuaternidades en infinitud de sicigias, siempre un cuarto elemento, peculiar, ambivalente, la continencia del Todo, su presencia aterradora, espontánea, su fría avidez por saberse, la impecabilidad, la expansión que purifica y se arrastra hasta el último resquicio, la serpiente en lo más bajo y el Hijo en lo más alto, la excepción inhumana, la divinidad entre los dedos de Metodio, las 4 letras, Tetragrámaton, el innombrable fósil en una Regla carcomida, brotando de panspérmicas octavas, sicigias y cuaternios. Cabalmente creyó demostrar Metodio que con aquella regla se construyó la Torre, palmo a palmo, pulgada a pulgada.

Pero ningún hallazgo le satisfizo. Su humildad, o quizá su orgullo, le impedía la visión del saber, más allá de la precaria sensación de hallarse en el camino.

De dos maneras se llegaba a La Torre, en barco o en camello. Ha llegado el momento de tomar las medidas, pensó el Sabio, dos inviernos casi culminan desde que el Tirano impuso la réplica. Al día siguiente, cuando despuntó el sol en el horizonte, albardó a la bestia, y sació sus odres y alforjas con vino de dátiles, frutos confitados y hojas de tabaco. Agregó La Regla, un  telémetro, soga y carne seca. Tras dos días sin descanso, llegó a medianoche. Apenas advirtió dificultad alguna en el trayecto, los caños de hollín, los desperdicios, las señales truncadas, el bizco mirar de otros peregrinos, pues, su cabeza, una girándula de prometedores cálculos, sólo albergaba la Ciudad Acuática donde  se alzaría la nueva Torre. No vio las ratoneras ni olió los charcos infectos. Imaginó la réplica justo en medio de jardines que verdearían una gran laguna gris.

Después de pernoctar en la Torre una semana, no vivenció la verdad, no la que buscó. Metodio se aburría en los intervalos de las luces y las sombras. En cuanto a la medición, no tardó en pasar de la sorpresa al rechinar de dientes. No pudo integrar ni uno sólo de los vórtices que trazarían ecuaciones entre la altura, los tragaluces y las verticales ilusorias. Tampoco coincidían de un día a otro las medidas tomadas, como si no cesasen de crecer las piedras. La expansión incluso parecía irregular, mayor en la penumbra. El volumen, las cornisas, citaras, lienzos  y umbrales de Votiva mudaban allí dentro, se escurrían de La Regla. Metodio no confirmó un solo cálculo. Sin embargo, en el exterior, persistía la apariencia de la Torre, la atmósfera tumefacta, los hierros retorcidos, muñones, detritus, los paseos de las ratas, el croar de la noche y los interminables episodios de la niebla alrededor de Votiva.

Terminaba el octavo día. Feneciendo un reguero de luz a manos de la penumbra, decidió escalar la Torre, no sin titubear, pero su fe le dijo: Sostén la soga. Los suburbios del cielo sólo se ven desde el infierno. Le pasmó que cierta sospecha no fue fantasiosa. Ascendiendo mermaba la Torre. En pocos minutos había dominado la cima, extendiéndose ante él un bosque frondoso en todas direcciones, la gran laguna gris al sur, delirante, la Ciudad Acuática. Casi escuchó ciertos susurros, unos sonidos vocales que no provenían de gargantas humanas. Quizá no dimanasen de Votiva. No giró la cabeza gorda, el rostro imberbe sudando,  los párpados temblorosos.   Se refugió en la espesura, la selva indefinida, el sol poniente. Acaso admitió el discreto semblante de la nada. Oyó a quienquiera que fuese:

¿Y si importase tanto o más la decadencia,

la enhiesta voluntad,

la nuda promesa y el paladar roto?

Se volvió, pero un ciempiés, la cuerda, se le abrazó al cuello, sintió el cosquilleo de una araña, la caída. Al amanecer dicen que las ratas aún le atendían pasmadas, como una divagación a una lágrima.

LA TORRE VOTIVA

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